Leí estas navidades con curiosidad e interés el libro de
Víctor Lenore Espectros de la movida. Por
qué odiar los años 80
(Madrid, Akal, 2018). Es, en cierto sentido, una
profundización de algunos temas e ideas que ya aparecían en Indies, hípsters y gafapastas. La tesis
principal defendida en este ensayo es que la llamada “Movida madrileña” fue un
movimiento apolítico producido por individuos de las clases medias y altas, que
anticipó y, al mismo tiempo, favoreció la llegada y la implantación de la globalización
neoliberal y la sociedad de consumo en España. El “Régimen del 78”, que es como
se llama en la obra lo que antes se denominaba “Transición”, sobre todo el PSOE,
utilizó la movida en un intento de dar una pátina de modernidad al país y
hacerlo más presentable en el extranjero. Según Lenore también cumplió la
función de anestesiar y despolitizar la sociedad española.

La tesis de Víctor Lenore se opone radicalmente a la que
mantenía en Cristina Tango en su libro La transición y su doble (2006). La
resumía en una entrada anterior de este blog así: “Como hipótesis parte de la
existencia de dos “narraciones” opuestas y enfrentadas sobre la transición. De
un lado, una oficial que enfatizaría el olvido y el consenso y, de otro, una
oficiosa surgida de la cultura que se extiende subterránea y rizomática frente
a las imposiciones de la cultura o narración oficial. Para Cristina Tango “la
Movida” es un ejemplo claro de esa “narración alternativa”, que no olvida y no
se amolda al consenso”.
En esa entrada me posicionaba un tanto en contra de la tesis de Cristina Tango,
pues como Lenore veía en la movida más como un movimiento apolítico y una
llegada del mercado de consumo que como una manifestación de resistencia.

Dicho lo cual, aunque concuerdo con Víctor Lenore en lo
anterior y en la mayor parte de la valoración de “la Movida”, el libro me ha
hecho esbozar una sonrisa en un par de ocasiones y me suscita algunas dudas el análisis
socioeconómico de fondo. En primer lugar, Lenore tiene tirria a Alaska y Mario
Vaquerizo. No se lo reprocho, la verdad. Pero estos dos personajes creo que no
son tan diferentes de tantos otros que pululan por el mundo de la cultura, en
cualquiera de sus ámbitos.

En segundo lugar, cuando leí: “La mayoría crecimos incómodos
con el mundo rural” (p. 75), también sonreí. Luego aclara que los jóvenes del mundo rural y
los del extrarradio, léase de clase obrera y no media como el autor, no estábamos
tan incómodos. Y termina con una loa, apoyada en una cita de Fernández Liria y
Alba Rico, al “buen salvaje” no sometido a los dictados de la maligna sociedad
de consumo. Todo muy tierno.

Para terminar, en tercer lugar, con lo que quizá estoy menos
de acuerdo es con el relato socieconómico de fondo. Según el mismo, los años
ochenta fueron un erial para las clases trabajadoras. Un malvado PSOE utilizó la
“movida” para anestesiar a la sociedad española y que no se diese cuenta de la
introducción del neoliberalismo. Todos los males actuales: precariedad y
temporalidad laboral, individualización y pérdida de los vínculos sociales, entre
otros, provienen de ese momento.

Pongo un ejemplo de este modo de argumentar: “Los ochenta en
España comenzaron con una tasa de desempleo del 9,5 por 100 y terminaron en el
16,9 por 100. Todo ello en un marco de crecimiento constante y con un gobierno
autodenominado socialista. En ese paradigma seguimos embarrados, treinta y pico
años después” (p. 62). Lo que no cuenta es que la renta per cápita en la España
de 1980 era de 6.191 dólares y pasó a 13.767 en 1990, algo más del doble. En
2017, crisis mediante, fue de casi 25.000 euros. Se podría argumentar que esa
riqueza acabó en las manos de unos pocos, al aumentar la desigualdad. Veamos
que dicen los datos. En 1980 el índice de Gini, uno de los principales indicadores
para medir la desigualdad, en España era de 36. En 1990 se había reducido al
33,9. Es decir, en la década ominosa de Lenore, se redujo la desigualdad, lo
cual supongo será bueno para las clases populares. En 2017 es de un 34,1,
ligeramente superior al de 1990, pero en todo caso inferior al de 1980.

Con todo, aun admitiendo que sigamos “embarrados” en ese
paradigma, la exposición del libro quiere hacernos creer que los políticos,
sobre todo los del PSOE, fueron los responsables de ese nuevo paradigma
liberal. No hace falta saber mucha economía para admitir que algo más tuvo que
pasar: la aparición de nuevas tecnologías, crisis energéticas, guerras, los cambios
en el sistema productivo o la mayor interconexión de la economía a nivel
mundial fueron, entre otros factores, claves en la configuración del actual
sistema socioeconómico. El PSOE y el “régimen del 78” son, en caso de serlo,
una pequeña parte de la explicación.

El libro, y concluyo una recesión un tanto larga para los
estándares de un blog, es interesante y hace pensar. Sin embargo, se mueve
mejor en la arena del análisis cultural y patina un tanto en el análisis socioeconómico.