La relación entre las clasessociales y la política es desde el inicio de la Revolución Industrial una cuestión que ha suscitado vivos debates. Bien sea para negar su relación, bien para buscar las correspondencias entre los partidos y los movimientos sociales con algunas de ellas. Pues bien, este debate ha tenido especial relevancia para la izquierda, en cualquiera de sus variantes, porque tradicionalmente se ha reclamado garante de los intereses y aspiraciones de las clases populares, en general, o de la clase obrera o trabajadora, más en concreto. Desde el otro extremo político se ha negado dicha relación afirmando, en la esfera de lo fáctico, que las clases populares simplemente han sido integradas en una omnicomprensiva clase media o, en la esfera de la ideología, negando los intereses contrapuestos de las diferentes clases, puesto que confluyen en el “interés general” de la comunidad política (comoquiera que sea definida).

Se han publicado recientemente dos libros que tratan la relación entre los partidos de izquierda y las clases trabajadoras. Han tenido una buena acogida, lo que muestra el interés suscitado en torno a esta temática. El primer es el de Daniel Bernabé La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora (Madrid, Akal, 2018) y el segundo el de Ignacio Urquizu ¿Cómo somos? Un retrato robot de la gente corriente (Barcelona, Deusto, 2019). Ambos son autores de izquierda, si bien Bernabé más ligado al comunismo y Urquizu a la socialdemocracia (fue diputado y ahora es alcalde por el PSOE).

La principal tesis es de La Trampa de la diversidad es que el sistema económico neoliberal ha fragmentado la acción colectiva de la clase obrera mediante las individualistas políticas identitarias. En todo el mundo y también en nuestro país. Así,

“llegaron a España las guerras culturales, conflictos en torno a los derechos civiles y representación de colectivos que situaban lo problemático no en lo económico o lo laboral y muchos menos en lo estructural, sino en campos meramente simbólicos. El matrimonio homosexual, la memoria histórica, el lenguaje de género o la educación para la ciudadanía empezaron a ocupar portadas de los medios y a crear polémicas. (…) El centro de gravedad del debate se había desplazado de la redistribución económica a la representación simbólica. (…) Lo interesante aquí es ver que, cuando menos capacidad de cambiar lo material tiene una corriente política, con más insistencia tiende a buscar las formas de influir a través de lo simbólico” (pp. 130-131).

En una línea similar se expresa Urquizu al analizar a la “gente corriente”, al “ciudadano medio” o al “hombre medio” en España. Considera que los obreros cualificados son el grupo más extendido entre la población y que mejor la representa. Describe al hombre medio como un colectivo temeroso de la globalización, la inmigración y las nuevas tecnologías. Los describe como menos informado y menos interesados por la política que otros grupos sociales. Además, cuando toman decisiones lo hacen más en función de criterios ideológicos y con la vista puesta en el futuro, no tanto en acontecimientos pasados. Este hombre medio es tradicionalmente más de izquierda en España que otras clases sociales, sin embargo:

“La mayor fragmentación social ha empujado a los dirigentes de la izquierda a construir nuevas coaliciones sociales basadas en cuestiones identitarias, dejando de lado a quien ha sido tradicionalmente su sujeto político: el obrero, el hombre medio” (p. 124).

Pese a estos condicionantes, sostiene que el obrero cualificado en nuestro país no se ha decantado por el momento por opciones de extrema derecha como en otros países de nuestro entorno. Sin embargo, la obra parece escrita precisamente con esta idea en mente.

Tanto Bernabé como Urquizu están preocupado por una brecha, real o posible, entre las clases populares y los partidos que tradicionalmente se han presentado como defensores de sus intereses. Bernabé presta especial atención a los condicionantes ideológicos, esto es, el neoliberalismo y el individualismo identitario, que pueden apartar (o lo hacen realmente) a las clases obreras de los partidos de izquierda. Y Urquizu se fija más en las posibles expresiones empíricas que las alejarían (o las alejan) de los mismos. El primer es más pesimista, sosteniendo que los partidos de la izquierda han aceptado el juego identitario y, por tanto, ha caído en la trampa de la ideología neoliberal. El segundo es más optimista cuando afirma que los obreros cualificados continúan siendo mayoritariamente de
izquierdas en España y son poco proclives a apoyar partidos de extrema derecha. Sin embargo, también es cauto y teme que dados los condicionantes sociológicos de esta clase social puedan terminar inclinándose por este tipo de opciones políticas. En todo caso, y en esto coincide con Bernabé, aboga por recuperar la centralidad de las políticas de clase en el discurso de los partidos de izquierda, lo cual no implica para ninguno de los autores rechazar u olvidar las políticas identitarias.