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Vettonia obliga

Sobre el blog

En este blog quiero recoger algunas de mis lecturas, pasajes de mi vida académica y de mis viajes, así como ideas sobre la cultura y la sociedad actual.

Nuevas publicaciones

Vida académica Posted on Fri, December 18, 2020 11:21:56

Terminamos el año con dos nuevas publicaciones:

En primer lugar, una artículo sobre el público de los espectáculos taurinos: “Desruralización y prácticas culturales: el caso de los espectáculos taurinos en España”, Aposta. Revista de Ciencias Sociales, 88: 8-29.

Y, en segundo lugar, un capítulo: “Vivir el espacio y tiempo globales: reflexiones en torno a las subculturas de los mochileros y los expatriados corporativos”, en el libro de Juan A. Roche (2020), Las sociedades difusas: 143-157. Barcelona: Anthropos.



Reflexiones “covídicas”

Actualidad Posted on Wed, November 25, 2020 13:17:39

Que 2020 es un año raro, nadie lo duda. La pandemia producida por el virus Covid-19 ha afectado nuestras vidas. Estos meses he ido reflexionando sobre las consecuencias sociales, económicas y políticas de la enfermedad a través de las redes sociales. Bueno, sobre todo a través de Facebook, que como se sabe es una red de “viejos”. La mayoría han sido comentarios al hilo de diferentes noticias de prensa, radio o de las propias redes. He decidido reunirlos -de un modo no exhaustivo y no literal- ahora en un post, ya que reflejan mis intereses y preocupaciones durante este tiempo.

En primer lugar, resumía mis impresiones diciendo que a partir de esta crisis había aprendido tres cosas sobre el modo de pensar de la gente. En primer lugar, que la mayoría analizaba la realidad desde un punto de vista estrictamente ideológico. Además, la incertidumbre hacía que se aferraran con más fuerza a sus prejuicios. En segundo lugar, que muy pocos eran capaces de ver las cosas manejando más de una variable. Existía una gran preferencia por las explicaciones monocausales, sobre todo si presentaban un “chivo expiatorio” claro. En este sentido, decía Daniel Innerarity en un tuit reciente que para Nietzsche “lo propio de la mitología era poner un autor detrás de un acontecimiento (tipo el dios del rayo o la lluvia)”. Las teorías de la conspiración se han extendido como la pólvora. Y, en tercer lugar, que la mayoría no veía la realidad como un proceso adaptativo, sino como una estructura estática. Las situaciones cambiantes no nos gustan, queremos seguridad y establo.

Más allá de esta impresión general, me preocuparon diversos temas.  En la política internacional me sorprendió el papel de la Unión Europea. Yo, que siempre he sido un europeísta convencido, de aquellos que creen que la solución a los males de España se encuentra en más Europa y menos casticismo, me asusté de la torpeza de la UE. Su modo de proceder, en el que los países del norte trataban de limitar las ayudas a las economías del sur más afectadas, ha producido un daño moral profundo, que no tendrá enmienda. Esto es profundamente injusto, porque abrimos los mercados y permitimos que los países del norte -sobre todo Alemania- compraran nuestras empresas industriales a cambio de estar bajo el paraguas de la moneda única. Ahora que tienen las empresas, quieren quitarnos el paraguas. Y esto no puede ser. Además, las justificaciones a esta racanería estaban basadas en prejuicios racistas, como cuando el primer ministro holandés decía que nos gastaríamos las ayudas en fiestas y vino. A veces se olvida que con las ayudas hemos hecho, sobre todo, infraestructuras. Un ejemplo es el caso de la red de fibra óptica, una de las mejores de Europa y del mundo. Netflix tuvo que bajar la calidad de las trasmisiones en la UE para no saturar las líneas, menos en España. Pero esta actitud ha tenido su contraparte negativa para ellos: ahora todos sabemos que Holanda es un paraíso fiscal y que nos hace “dumping” fiscal. Está bien ser cornudo, pero no apaleado.  

La UE continuará, afirmaba, pero ya nunca será vista como un ideal. Después, vendrán los lamentos y los Brexits. Al final, ante el miedo al resquebrajamiento del mercado único se llegó a un acuerdo. Este, en principio, no suena mal. Por primera vez la UE emitirá deuda conjunta, la Comisión Europea adquiere fuerza frente al Consejo Europeo a la hora de gestionarla, el veto parece que se queda en un “vetito” (aunque recientemente polacos y húngaros están tensando la cuerda) y aumenta el presupuesto de la UE. Podía haber sido mejor, pero también mucho peor. En todo caso, la UE ha quedado retratada negativamente ante la ciudadanía por su falta de reflejos y por las disensiones internas.

A esto habría que sumar el papel de las potencias externas. China envió ayuda a Europa, mientras los Estados Unidos de Trump hacían todo un papelón cuando decidieron cortar los vuelos unilateralmente, pero mantenían el flujo de bienes y capitales. Es decir, mantenía la globalización y al mismo tiempo molestaba a sus aliados. Puede ser un buen indicador de la reconfiguración del orden mundial y de la nueva fase global que nos espera. China se mostró más rápida que la UE y su aliado natural, los Estados Unidos, a la hora de ayudar a los europeos.

Puede ser que la actitud China fuera propaganda, aunque es una que ha funcionada. Muchos han olvidado la naturaleza del gobierno chino. Aunque no debemos dejar de lado que las recetas chinas para acabar con el virus descansan en un fuerte autoritarismo. El gobierno chino confinó tan bien en Wuhan y controló a la población porque ya tenían mucha experiencia previa.

La política nacional proporcionó, como nos tiene acostumbrados, una serie de situaciones grotescas, de descoordinación y de enfrentamiento cainita que rayaron en el esperpento. Como muestra se puede recordar al líder de Ciudadanos en la Comunidad de Madrid diciendo que la cuestión era “ser virus o ser vacuna”, a la Presidenta de la CAM haciendo negocios inmobiliarios con los amiguetes, a las diferentes Comunidades Autónomas pidiendo competencias durante el confinamiento y luego pidiendo centralización cuando se las dieron porque no sabían gestionar la situación, al sacrificio de la salud pública para salvar al “soldado turismo” o al uso torticero de los datos sobre enfermos y muertos durante toda la crisis. Al final, incluso los jueces se unieron al espectáculo cuando dictaron sentencias contradictorias sobre las medidas que adoptaban las Comunidades Autónoma. Puro Celtibera Show.

Quizá una de las cosas que más me ha sorprendido es lo poco asentado que está el pensamiento científico en España, en concreto, y en el mundo más desarrollado, en general. Cuando hablaban los científicos en los medios de comunicación mostraban dudas y lo hacían en condicional. Lanzaban hipótesis y hablaban de probabilidades. Ese mensaje, se ha visto claramente, no ha calado. La gente necesita “expertos” seguros de sí mismos y de su mensaje. Nada de probabilidades, quieren tener clara la situación y que les marquen el camino. Bueno, más bien, que les digan que todo volverá a ser como ellos quieren. La ciencia, como decía Max Weber, puede decirnos cómo es el mundo, pero no cómo hemos de vivir. Y esto no es algo que muchos estén dispuestos a aceptar.

Un ejemplo de esto es el éxito de programas como el del periodista Iker Jiménez, que antes de la pandemia hacía un programa de entretenimiento centrado en lo oculto, lo paranormal o, entre otros temas, las visitas de alienígenas. Decidió tocar el tema del coronavirus y alinearse con los llamados “escépticos” o “negacionistas”, una difusa amalgama de personas que creen en diversas teorías de la conspiración sobre los orígenes, la existencia o la intencionalidad de la pandemia. Después dio un pasito para atrás, pero, como escribí, “el creador fue devorado por su propia obra”, ya que le llamaron traidor aquellos que alentó. 

Esta actitud tiene mucho que ver, creo, con la búsqueda de la seguridad. Las sociedades occidentales somos sociedades ricas y envejecidas, poco amantes de los riesgos. Y el mensaje que identifica peligros de un modo claro y nos dice el modo de combatirlos cala entre la población. El nuevo populismo basa buena parte de su éxito en esto. El problema es que una pandemia como la actual no tiene soluciones fáciles. Entonces se recurre a lo que Zygmunt Bauman llamaba una sobredosis de seguridad activa. Ya que no podemos evitar la enfermedad, porque solo la ciencia podrá erradicarla y hace falta tiempo, recurrimos a las medidas de seguridad activa que están en nuestra mano.

Por un lado, los gobiernos han establecido medidas contundentes de seguridad pública: confinamientos, toques de queda, prohibiciones de la movilidad o, entre otras, el uso obligatorio de mascarilla. La eficacia de dichas medidas es objeto de discusión por parte de los científicos. Sin embargo, muestran a la ciudadanía que las autoridades están haciendo algo. En España, donde no hubo ningún problema de seguridad ciudadana, se impusieron 700.000 sanciones durante los 40 días de confinamiento. La mayoría no se cobrarán, pero mostraban a la ciudadanía que el gobierno estaba haciendo algo.

En los Estados Unidos, por otro lado, tomaron la seguridad activa de un modo privado. Allí aumentó mucho la venta de armas como medida preventiva. Como está claro que no se puede matar un virus con una pistola, se entiende que los estadounidenses no se fiaban del vecino durante la cuarentena. Lo que no es sorprendente, pues allí es habitual que se produzcan saqueos y desórdenes públicos ante la más mínima crisis.

En todo caso, la búsqueda de seguridad produjo que muchos ciudadanos se inclinasen hacia “chamanes” que tenía todo claro y “políticos populistas” que les ofrecían seguridad. Otro asunto es que después algunos de esos políticos estuvieran dispuestos a sacrificar a los más ancianos, su base electoral más fuerte, para “salvar la economía”. De tanto buscar “seguridad” se encontraron “desprotegidos”.

La actitud anticientífica ha tenido, además, otro damnificado: las vacunas. El movimiento antivacunas no es nuevo, pero ha hecho su agosto con la pandemia actual. Con un argumentario que azuza los miedos: vacunas no probadas, consecuencias nefastas de la vacunación, oscuros intereses de los laboratorios…, se ha conseguido que, en España, un país donde la vacunación es prácticamente universal y está muy aceptada por la población, según una encuesta del CIS más del 40% de la población diga que no se pondría la vacuna para el Covid-19.

La percepción del riesgo es subjetiva, claro está, pero sorprendente. Conozco muchas personas que dicen que no se pondrán la vacuna, porque es peligrosa y porque “nos están engañando”. Pero curiosamente esas mismas personas antes, e incluso ahora, consumían drogas “ilegales”, que como todos sabemos se fabrican en maravillosos laboratorios marroquíes o colombianos con un estricto control de la calidad y a las que no se añaden todo tipo de aditivos peligrosos para la salud. También lo dice gente que se “cicla” en gimnasios con productos comprados en webs chinas de toda confianza.

Con esto, obviamente, no estoy diciendo que las vacunas no puedan tener efectos adversos, pero sí que el rechazo actual no es fruto de un debate serio sobre los mismos. Responde a miedos producidos por una situación de incertidumbre y, también, por una desconfianza muy marcada en España hacia la política y los políticos. En todo caso, en esto de las vacunas existe una palmaria contradicción: queremos superar el Covid, pero sin vacunarnos, sin utilizar mascarillas, sin restricciones a la movilidad, sin confinamientos… Pues díganme, señores y señoras, ¿cómo se hace eso?

Otro aspecto que me ha llamado la atención es lo apegado que estamos a nuestras costumbres, aunque puedan resultar contraproducentes. Cuando se cerraron los colegios, institutos y universidades apenas hubo contestación social. Pero cuando se decretaron medidas que limitan la actividad en bares y restaurantes, la cosa cambió. Es algo que no deja de sorprenderme, al igual que la obsesión con las terrazas. Me recuerda a la escena final de la película 1 Franco, 14 pesetas, donde la solución a todos los graves problemas de una familia de emigrantes retornados al país se encuentra en pasear por la Gran Vía y tomarse una caña en una terraza.

Y no es que yo no fuese usuario de bares y restaurantes, que lo era. Pero puedo prescindir de ellos antes una alarma sanitaria. De hecho, prácticamente no los he frecuentado durante este año. Entiendo los nervios de los hosteleros y restauradores, porque estos procesos pueden implicar un cambio de costumbres. Podría ocurrir que los españoles que no van a los bares se den cuenta que no es necesario dejarse tanta parte de sus ingresos en los mismos. Los jóvenes ya desertaron y se pasaron al botellón. ¿Y si lo hacen los adultos y deciden montarse sus fiestas, mucho más baratas, en espacios privados como ocurre en el resto de Europa?

Incluyo, por último, una entrada que hice sobre un artículo que ligaba la ciudad de Leganés con una mayor incidencia del Covid por ser una ciudad “de clase obrera”. Trataba de mostrar que esos análisis “pseudosociológicos” no acertaban apenas nada:  

“Leganés como el Bronx. Desde luego, no hay como escribir con brocha gorda. Leganés es una ciudad colindante con Madrid que, en efecto, creció sobre todo durante los años 60, 70 y 80 sobre todo con inmigrantes procedentes de las dos Castillas y Extremadura. Sin embargo, pintarla como una ciudad de clase baja o algo así es no saber demasiado del tema. Vamos por partes.

a) En efecto hay barrios con un nivel socioeconómico medio o bajo, como San Nicasio o Zarzaquemada, pero otros tienen un nivel medio e incluso alto. En algunos barrios la renta media está por encima del 90% de la Comunidad de Madrid, una de las comunidades más ricas de España. Comparable a algunas de las zonas más acomodadas de la capital. De hecho, muchos de los hijos de esos inmigrantes tuvieron que comprar viviendas en municipios más al sur de la capital, porque los precios inmobiliarios se dispararon durante los años del boom.

b) Otro indicador es la esperanza de vida. Hace no muchos años el municipio salía en el mismo periódico en el que escriben estas autoras señalando que tenía una de las esperanzas de vida, tanto para hombres como para mujeres, más altas de Europa.

c) Es verdad, por otro lado, que es una de las poblaciones más afectadas por el Covid-19. Sin embargo, reducirlo todo a un asunto de clase es algo simplista. Zarzaquemada, por ejemplo, es uno de los barrios más poblados del municipio, con una renta media-baja, y una de las densidades de población más altas del continente europeo. Allí se han producido bastantes casos. Es un barrio, por otro lado, muy envejecido. Habría que ver qué factor ha afectado más.

d) Tampoco se menciona que en el municipio hay 8 residencias de ancianos. En una de ellas murieron casi 100 personas. De hecho, en residencias han muerto unas 260 personas. Prácticamente la mitad de los fallecidos.

En definitiva, un artículo muy deficiente. Y no es cuestión de orgullo localista o un chovinismo de la “patria chica”, sino de simple respeto a la realidad”.

En fin, y por concluir, también se dijo que la pandemia nos haría mejores personas. En El Mundo se recogía el siguiente titular: “Condenan a un hombre a pena de muerte en Singapur a través de una videollamada de Zoom”. Mucho mejores, sin duda.



A propósito de Roca Barea y Max Weber

Libros Posted on Fri, January 03, 2020 13:46:42

Estos días ha caído en mis manos el libro de María Elvira Roca Barea, Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días (Madrid, Espasa, 2019). Ha sido un regalo navideño, como podrá suponer el lector, y en el continúa las andanzas de Imperofobia, que ya reseñé en este mismo blog. La línea argumental es más o menos la misma, defendiendo una idea muy concreta de España, antes de los malignos e injustificados ataques exteriores, ahora de los malvados quintacolumnistas (afrancesados, intelectuales, masones y gente de mal vivir). En fin, no le hubiese dado mayor importancia de no ser por el capítulo 11, que dedica a Max Weber. Este es un despropósito de tales dimensiones que me he visto impulsado a escribir estas breves líneas. De hecho, dejaré de lado el resto del libro y me centraré en este capítulo.

El capítulo de dedicado a Max Weber, sobre todo a su libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo, arranca con una pregunta que contiene implícita la respuesta: “La pregunta es, ¿alguien ha leído despacio a Max Weber?” (p. 358).  El lector poco acostumbrado a leer ensayos filosóficos y científicos pensará en seguida: es verdad, los intelectuales antiespañoles son unos zoquetes “germanófilos” que hablan de cosas de las que no saben nada. Menos mal que está aquí la Sra. Roca Barea para abrirles los ojos. La realidad, sin embargo, es muy otra, pues si hay un autor al que los sociólogos y politólogos han dedicados horas de reflexión es a Max Weber. La respuesta correcta es: “sí, mucha gente se ha leído despacio, muy despacio, a Max Weber”. Le recomiendo, por ejemplo, la siguiente obra: En el centenario de la ética protestante y el espíritu del capitalismo, editada por Javier Rodriguez Martínez y publicada por el CIS en 2005. Verá la Sra. Roca Barea que hay gente que ha leído a Weber.

Pero este solo es el inicio, porque como no se maneja con solvencia la más mínima bibliografía crítica sobre el economista y sociólogo alemán, los despropósitos continúan línea tras línea. Veamos. La tesis principal de Roca Barea es que Max Weber provenía de una familia calvinista y que La ética protestante… fue escrita para ensalzar el calvinismo, como origen del capitalismo y echar por tierra el catolicismo. Es decir, el capítulo mantiene que Weber escribió la obra para confirmar sus prejuicios de raíz religiosa. Bueno, siempre es difícil saber cuales eran las motivaciones reales de un autor, pero hay dos hechos que están bien asentados en la literatura científica.

En primer lugar, Weber tenía en mente un “enemigo” diferente al catolicismo para escribir el libro. De hecho, la tesis de Weber se gestó frente al materialismo histórico de Karl Marx. Según este último, como es bien sabido, la estructura material de la vida determinaba la conciencia de las personas y no a la inversa. Weber pretendía mostrar que la conciencia podía determinar, al menos codeterminar, la estructura material de la vida, invirtiendo la tesis marxista. Esto es algo que está muy asentado y que conoce cualquier estudiante de los primeros cursos de Sociología, Filosofía o Ciencia Política.

Pero según Roca Barea podría decirse que, en segundo lugar, en Weber operaban profundos prejuicios religiosos y que, aunque el enemigo manifiesto podía ser Marx, el latente era el catolicismo (que en el libro de Barea se identifica siempre con España, que parece que no puede ser sino católica). Para demostrarlo, resume en unas páginas la biografía de Weber: de padres calvinistas (el padre, poco, la madre, mucho), enfermizo y casado con una mujer con la que no se acostaba y a la que engañaba con una pianista famosa: “Mina Tobler, que ayudó a Weber a superar su rigidez calvinista y le enseñó a disfrutar un poco de la vida, de las artes y de otras cosas” (p. 359). Me encanta lo de “otras cosas”, es tan de rebotica de pueblo. Pues sí, Weber tenía una vida sexual, sentimental y una salud conflictiva. Eso se sabe desde hace mucho tiempo: incluso su mujer, Marianne Weber escribió una biografía famosa y edulcorada sobre su marido, que sin embargo deja traslucir estas cosas (Max Weber. Una biografía, México, FCE, 1996). Pero si lo que quiere Barea es mostrar la “depravada” o “triste”, según se mire, vida de Weber, podría recomendar la voluminosa biografía de Joachim Radkau: Weber, la pasión del pensamiento (México, FCE, 2005), en la que se analizan pormenorizadamente todos estos temas.

Lo que no cuenta, quizá porque se le cae la tesis, es que Max Weber era escasamente religioso. El mismo lo dice con una famosa frase acerca de sí mismo: “falto de oído para lo religioso”. Una persona puede estudiar un fenómeno por un interés puramente racional. Se puede estudiar la conducta criminal, como hacen infinidad de criminólogos, sin necesidad de provenir de una familia de mafiosos y sin tener una propensión a romper la ley. A Weber lo que le interesaba era la influencia de la religión en la economía, no la religión en sí. Y parece poco probable que dedicara muchos años de su vida a ensalzar una religión, la “calvinista”, y a hundir otra, la “católica”, para las que tenía “poco oído”.

Bueno, dejemos de lado las motivaciones, y centrémonos en el análisis del texto. Una de las cosas que sorprende a la autora es que Weber va eligiendo diversos elementos, de un modo aparentemente azaroso, de entre las distintas confesiones religiosas, sin una lógica visible. Con estos elementos él construye un retrato de la “ética protestante”. Es lo que denomina un “tipo ideal”. El problema principal de la Sra. Roca Barea, y por el mismo no entiende a Weber, es que parece desconocer los rudimentos de la metodología weberiana. No le sorprendería tanto la forma de proceder de Weber si hubiese incluido la noción de “tipo ideal”. Esta metodología de trabajo, con la que se puede estar de acuerdo o no, esa es otra historia, es la que da vida a su modo de trabajar. El tipo ideal es una construcción subjetiva en torno a un problema de investigación, que no se corresponde de modo absoluto con la realidad, y que tiene la misión de generar nuevas ideas. La potencia del tipo ideal de “ética protestante”, por tanto, no es su mayor o menor adecuación a la realidad, sino la capacidad de abrir nuevos campos a la investigación científica. (Aunque esto nos llevaría a hablar de neokantismo, la llamada “segunda disputa del método científico” y de otros auntos que rebasan el interés de la autora).

Luego, sin venir mucho a cuento, habla de la caída del Imperio Romano, que muchos achacan al cristianismo (y por extensión al catolicismo). Dice que se aprovecha la relación ente economía y religión para culpar al catolicismo. Lo que la Sra. Roca Barea olvida (o directamente desconoce), sin embargo, es que el propio Max Weber dictó una conferencia sobre la caída del Imperio Romano (Fundamentos sociales de la decadencia antigua, Oviedo, KRK, 2009). En la misma, no culpaba al catolicismo ni a la religión de esta. Sostenía, por el contrario, que la principal causa fue una alteración de la estructura productiva del Imperio, que dejo de estar centrada en las ciudades y pasó a estarlo en el campo y los latifundios iniciándose el proceso de feudalización y el paso del esclavismo a la servidumbre. Es decir, en este caso para Weber la estructura económica, y no las creencias religiosas, era el principal factor explicativo del cambio social  

Porque, y ahí radica la principal carencia de Barea al interpretar a Weber, este no sostenía que la religión “protestante” creara el capitalismo y que resultase necesario arrinconar al catolicismo para que este triunfara. Weber sostenía que el desarrollo capitalista se vio favorecido por ciertas doctrinas éticas del protestantismo ascético y que por eso se desarrolló con más fuerza en algunas regiones que en otras con sistemas éticos diferentes. Es decir, esta ética fue un factor más, entre otros, que codeterminó el origen del capitalismo en un momento histórico concreto. En otros, esas mismas doctrinas no tuvieron ningún impacto. Así, como se ha visto, la religión según Weber no fue significativa en la caída del Imperio Romano. Además, y para terminar, Weber sostenía que una vez implantado el sistema capitalista, este desarrollaba una doctrina ética, un “espíritu”, independiente de la religión y de las doctrinas éticas que ayudaron a gestarlo. Pero bueno, estas sutilezas escapan del análisis de esta autora.

Por último, y por no extenderme mucho más, también dice que Weber se equivocó con China, ya que según el autor alemán la doctrina ética del confucianismo era una estructura tradicional que impedía el desarrollo capitalista. La prueba de su error es que China se ha convertido en una potencia económica capitalista los últimos años y que el confucianismo ha sido un motor de ese cambio. Se le olvida señalar que, entre los escritos de Weber realizados los primeros años del siglo XX, y el éxito de China, a finales de ese siglo y durante los primeros años del XXI, han pasado algunas cosas. La principal es que a China llegó una ideología desarrollista gestada en occidente, el marxismo, que transformó la sociedad china. Barea es consciente de ese hecho, aunque lo oculta y habla de “maoísmo”, que suena más chino y menos marxista, como si el maoísmo hubiese sido un invento que surgió de la China rural.

 

 

En fin, creo que estas líneas pueden darnos una idea del tono del capítulo, de sus imprecisiones y carencias. La Sra. Roca Barea es filóloga y doctora en Literatura medieval. Se le nota cierta dificultad a la hora de hablar de Filosofía y Ciencias Sociales, aunque escribe bien y consigue hacer creíbles argumentos de lo más peregrino. Max Weber es uno de los autores más citados en Ciencias Sociales (y no solo por la Ética protestante…) en todo el mundo, también en España, y ha sido estudiado (y leído) en profundidad. De hecho, el ensayo sobre el que habla Barea ha sido sometido a escrutinio crítico una y otra vez.  Ese es el destino de cualquier texto científico, ser sometido a crítica y superado. Pero el capítulo que María Elvira Roca Barea dedica a Weber no es una crítica científica. Es “otra cosa”.



Nueva publicación: Perelló, S. (Ed.): Estructura social contemporánea. Valencia: Tirant Lo Blanch.

Vida académica Posted on Wed, October 02, 2019 18:42:06

Acaba de aparecer el manual para la asignatura Estructura social contemporánea que edita el profesor Salvador Perelló y en el cual colaboro con dos capítulos, uno de modo conjunto con la profesora Ana M. Martínez Pérez sobre “Cambio y conflicto social” y otro en solitario sobre “Cultura y estructura social”. Ha sido editado por la prestigiosa editorial Tirant Lo Blanch. Espero que os interese.